El Lenguaje del cuerpo

Edith Liberman. Publicado en la revista Unica. 2006

“El pasado de un individuo es su cuerpo” Alexander Lowen

En un mundo donde se tiende a vivir y a observar al cuerpo como soporte de la imagen, perchero de la moda y escaparate desde donde se intenta transmitir un mensaje más bien publicitario de lo que somos, vale la pena recordar que también el cuerpo es uno mismo y eso es lo que se comunica.

Aclaremos algo para empezar: el cuerpo es todo, desde la punta de la cabeza hasta la planta de los pies. Generalmente cuando se habla del cuerpo se deja la cabeza afuera, como si hubiera dos entidades separadas: la cabeza y el cuerpo. Con ello se deja implícita una importante división: pensar y sentir. O aún peor: somos una cabeza con un medio de transporte. Y todo ello es falso, no solo por lo obvio que resulta que la cabeza no puede existir sin el cuerpo, sino también porque la cabeza también cumple una función fundamental en el sentir y el cuerpo en el hablar.

Tomemos un ejemplo sencillo, la postura. La manera en que nos colocamos físicamente está directamente relacionada con nuestro estado de ánimo, y como tal es variable. También varía en diferentes situaciones y de acuerdo al interlocutor que tengamos en cada momento. El lenguaje cotidiano da cuenta de ello en muchas expresiones verbales que usamos habitualmente: agachar la cabeza como expresión corporal de sumisión; saltar de alegría, como metáfora de expansión; arrastrarse de cansancio; ponerse firme para defender una posición en conflicto, etc. Se trata de alusiones a la postura física que se asocian al contenido emocional y a la manera en que se emite un mensaje no solo verbal sino también con el otro lenguaje que impregna la comunicación: el lenguaje del cuerpo.

O sea, que nuestras emociones y nuestra manera de ser se transmiten a través del lenguaje corporal aunque no las explicitemos con la palabra, y de esa manera están presentes y ocupan hasta un 60 % de lo que comunicamos, según las investigaciones, aunque no seamos concientes de esta parte del mensaje que emitimos constantemente.

El lenguaje corporal, además de estar determinado por la comunicación emocional inconciente, está influido por las pautas culturales. Los gestos y las expresiones emocionales son universales. Con la sorpresa, los ojos se agrandan y se enarcan las cejas, la vergüenza se delata con el rubor y la retracción del pecho como para ocultarnos, la ira inyecta sangre en los ojos y produce dilatación de las venas observable en el cuello, y así para todas y cada una de las emociones. Pero además, parte del lenguaje no verbal es aprendido por imitación y de esa manera se transmite tanto como la palabra formando patrones de expresión propios de cada entorno cultural.

 

Si tenemos la oportunidad de sentarnos a mirar la televisión y sintonizar canales de varios países, veremos como en los debates españoles o italianos la gente acompaña sus palabras con profusos movimientos de manos y brazos, giros de cabeza, del torso, etc. Si quitamos el volumen y no oímos lo que dicen, podremos reconocer de todos modos algo de su mensaje por sus movimientos y expresiones. Pasemos a un programa alemán o francés: mayoritariamente, las manos permanecen quietas en la mesa, la postura es más rígida y la gesticulación es menor. Han aprendido a controlar y reducir la manifestación emocional que queda concentrada sobre todo en la expresión de la cara y dentro de ella fundamentalmente en los ojos, en la mirada.

Puesto que por mucho que intentemos controlar y evitar la expresión de lo que sentimos, la mirada es siempre una ventana indiscreta que muestra nuestro interior. Y a la vez es la llave para el enganche de la comunicación: para establecer contacto con alguien e iniciar un diálogo, la primera señal que se hace es mirar a esa persona. Así como marcamos el número de teléfono para conversaciones diferidas, la llamada para contactar siempre es la mirada. Y la respuesta de “estoy dispuesto a escucharte” también es la mirada que responde. Si el otro no te mira, significa que no está disponible, “mirar para otro lado” cuando no estamos interesados en establecer contacto.

Junto a la mirada, el tono de la voz, la manera de decir las cosas, la postura y los gestos de quien se dirige a nosotros para decirnos algo, nos proporcionan una información imprescindible y significativa acerca de aquello que nos están comunicando.

El lenguaje corporal es el color de la comunicación. Sin él, el contenido del mensaje sería de un único gris y difícilmente produciría en nosotros ningún tipo de impacto y, por lo tanto, rara vez lo registraríamos más que como la lista de la compra. Nos daría igual que nos dijeran “te quiero” o “ese documento está en la otra carpeta” y sería indiferente que habláramos con una persona o con una máquina.

 

Además, el lenguaje del cuerpo confirma o desmiente el contenido de mensaje verbal. Cuando hay sintonía entre lo que se dice, se piensa y se siente, la comunicación fluye y resulta comprensible y reforzada. En cambio, si el tono de la voz o la actitud no coinciden con lo que se está diciendo, produce confusión o incredulidad en el interlocutor. Por ejemplo, si dices a alguien “te escucho” mientras sigues leyendo el periódico, el mensaje resulta como mínimo poco creíble. Se trata de los famosos mensajes contradictorios que producen desconcierto e impiden entenderse.

Hablamos con la palabra, con los ojos, con las manos, con el cuerpo. Nuestro cuerpo está siempre ahí para intentar manifestar lo que somos.

“El pasado de un individuo es su cuerpo”

Alexander Lowen

“Comprendo la furia en tus palabras, pero no las palabras”.

Shakespeare (Otelo, Acto IV)

“No habla, pero en sus ojos anida toda una conversación”

Henry Wadsworth

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