La comunicacion

La  comunicación, o sea nuestra capacidad para transmitir nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y necesidades es uno de los pilares de nuestra existencia, la dimensión que nos hace realmente humanos. Toda nuestra vida se desarrolla en relación con los demás. Sean personales, laborales o sociales, las relaciones están hechas de comunicación, sin ella, la relación sencillamente no existe.

Y dado que buena parte de nuestra vida está dedicada a la comunicación interpersonal y que de ella depende la satisfacción de nuestras necesidades, el hablar y comunicar adecuadamente incide tanto en nuestra calidad de vida como en la de las personas que constituyen nuestro entorno.

La gente habla todo el tiempo. Pero de qué habla?  Casi siempre de lo que no le afecta: de los demás, de lo que hacen o dejan de hacer; del fútbol, de lo que cuenta el periódico, de lo que llamamos habitualmente temas de conversación. Aunque se pueda ser más tímido o más extrovertido a la hora de participar en una conversación de este tipo, hablar de asuntos en los que no estamos implicados es una práctica habitual que no suele generar problemas.

Se habla de todo esto en el taxi, con los compañeros de trabajo. Hablamos de los programas de la tele, del restaurante al que fuimos el sábado, con las amigas y la familia hablamos de las cosas de la vida cotidiana, incluso de lo que nos pasa con un compañero de trabajo o de la discusión con la pareja.

Pero cuando se trata de hablar de los temas que más nos afectan en cualquier sentido, sea porque se ponen en juego nuestros intereses o nuestras necesidades materiales o afectivas, se plantea otro tipo de conversación más comprometida ya que no solo se trata de intercambiar ideas o pensamientos sino que lo que nos afecta pone en marcha también emociones y sentimientos que intervienen en la comunicación.

A diferencia de lo que ocurre cuando en la conversación se trata solamente de información o de temas sin implicación personal, cuando tocamos los que nos movilizan sentimientos, o que nos llevan a reflexionar sobre nosotros mismos, nuestra manera de actuar, de pensar, o la de las personas de nuestro entorno con quienes tenemos mayor relación nuestra disposición a afrontarlos depende ya de otros factores: la confianza con el otro, el temor a la confrontación, al deterioro de la propia imagen, miedo a no poder expresarse, a no ser escuchado, a no ser comprendido…

Sin embargo, este tipo de diálogo es necesario para resolver los conflictos que forman parte constantemente de nuestra vida. Ya que en las relaciones humanas los conflictos constituyen la regla y no la excepción, por lo cual lo fundamental no es preguntarse cómo evitarlos sino cual es la mejor manera de darles solución.

Tengamos en cuenta que cuando dos o más personas realizan alguna actividad en común o comparten su vida o parte de su vida, no resulta extraño que se den las condiciones propicias para que sus opiniones, expectativas, deseos o necesidades entren en conflicto. Y muchos de ellos son sobre todo problemas de comunicación dado que incluso cuando se trata de un conflicto de intereses o de expectativas, el hablar de ello es el primer paso para la solución.

En realidad llevamos toda la vida afrontando conflictos a través de la comunicación, incluso sin saberlo. Para verificarlo, revisemos un poco nuestra historia: hace mucho tiempo aprendimos a hablar. Nos enseñaron a hacerlo. Antes de eso dependíamos de la capacidad de nuestros padres y cuidadores para adivinar nuestras necesidades y acertar en sus deducciones: “tiene hambre, tiene frío, tiene sueño, quiere salir, no le gusta, no quiere, le duele la tripa…”

Con el tiempo vamos identificando lo que nos pasa por nosotros mismos y podemos decir lo que sentimos, lo que queremos, lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Pero eso se convierte muy pronto en fuente de conflicto, ya que no siempre es posible hacer o conseguir lo que queremos, o lo que nos gusta porque no es el momento adecuado, porque es algo prohibido o porque molesta a los demás. Entonces durante algún tiempo protestamos, insistimos, intentamos y al fin vamos encontrando una modalidad para ir solucionando esos conflictos.

Aprendemos a esperar, a reconocer lo que no se debe pedir, lo que no se debe decir, lo que va a llevar a un guantazo, lo que va a poner contentos a los demás, lo que produce aplauso y lo que genera rechazo. En cada familia hay temas habituales y otros de los que no se habla nunca, por ejemplo, se comenta lo que se hace pero no lo que se siente. Y entonces aprendemos a hablar de lo que se habla, pero no de los asuntos que no se tratan.

De ese modo los hábitos de comunicación se han modelado en cada persona de acuerdo al estilo de su entorno. La forma de hablar con un jefe o con alguien que ocupe un lugar de autoridad estará influenciada por el aprendizaje de trato con la autoridad que se ha recibido en la casa, con los maestros y profesores y las numerosas relaciones de ese tipo que se tienen en la infancia: si se nos ha enseñado a callar, tenderemos a callar. Si se nos ha invitado a negociar, tendremos esa habilidad desarrollada.

Pero incluso las habilidades más ajenas a nuestra experiencia pueden ser adquiridas o mejoradas en cualquier momento de la vida, con lo cual ganamos en la calidad de nuestras relaciones y de nosotros mismos. Ya que si conseguimos hablar de lo que nos preocupa o nos angustia encontramos alivio, consuelo y claridad.

Al decirlas en voz alta, muchas de las cosas que al rumiarlas dentro parecían  enormes, adquieren su justa dimensión. Y tenemos así la posibilidad de ver que:

  • no estamos solos en nuestro problema, ya que la mayoría de ellos son comunes a otras personas,
  • podemos analizar los problemas y encontrar otras perspectivas, porque el otro nos aporta una comprensión que no se nos hubieran ocurrido, la suya,
  • podemos desmontar nuestros prejuicios que son un obstáculo siempre para una comprensión realista de los conflictos ya que al prejuzgar no abrimos el análisis de una situación sino que lo cerramos,
  • podemos ajustar la carga emocional que acompaña al conflicto dado que, generalmente, lo que más nos angustia evoca algo del pasado y lo agranda. Si nos damos cuenta de ello y lo separamos podremos afrontarlo con más serenidad.

Pero para conseguir que la comunicación sea fuente de conocimiento, claridad y alivio emocional hemos de encontrar personas con quienes sintamos que podemos hablar con confianza, y a la vez nos puedan ayudar a ordenar nuestros pensamientos y abrir nuestros sentimientos. O sea, alguien que sepa escuchar. Con interés, implicación en nuestro tema y sin reaccionar frente a él. Aunque parezca evidente que todos escuchamos, en realidad más bien oímos que escuchamos.

Oír, dice el diccionario, es percibir con el oído los sonidos. Escuchar, en cambio, es prestar atención a lo que se oye. Hay poco hábito de escuchar y en la vida social, de pie junto a una barra y con un montón de ruido o en las condiciones habituales de los encuentros, este tipo de comunicación no es posible. Con los amigos, con la pareja, incluso con los hijos, esta conversación requiere de una disposición que tiene que ser creada. Se da de tortas con la lucha contra el tiempo que tenemos habitualmente y con la tele puesta durante la cena o en el dormitorio.

A veces incluso las mejores condiciones no dan resultado. ¿Qué pasa? ¿Qué impide, cuál es el obstáculo? Una de las montañas más altas son los juicios de valor, cuando el mensaje es  “eres… inútil, tonto, incapaz, etc”. La descalificación cierra todo diálogo ya que coloca obligatoriamente al interlocutor a la defensiva, debe defenderse a sí mismo y no es posible tratar otro tema.

La burla y el sarcasmo son formas más o menos encubiertas de descalificación que resultan destructivas tanto para el diálogo como para la relación en sí misma. Los reproches y las generalizaciones también actúan como bloqueos ya que no se juzga lo que se es pero sí lo que se hace y el mensaje es que lo que haces “está mal”. Y no es lo mismo plantear que algo no nos gusta, o nos molesta o no estamos de acuerdo, a decir que “está mal”.Lo que es malo o está mal no está sujeto a discusión y no permite cambio sino solo castigo.

Hablar y escuchar son una actividad en sí misma. Hablamos y escuchamos para estar en contacto, para expresar nuestros afectos, para ayudarnos a pensar, para descubrir que algunas cosas que damos por sentadas y verdaderas pueden no ser así, para descubrir cosas nuevas, para descubrirnos a nosotros mismos, para descubrir a los demás, para reflexionar y aprender, para reír, para compartir… Hablar y escuchar son, por ello, fuente de bienestar psicológico.

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