La madre real: encuentro en la tercera fase

La difusión del concepto de “madre suficientemente buena”, creado por el psicoanalista inglés Donald Winnicott a mediados del siglo pasado y aceptado ahora mayoritariamente, abrió un nuevo camino para la comprensión de la relación en la que se basa la existencia de todos, la relación con la madre.

Esta nueva manera de plantearlo ayuda a abandonar la exigencia inalcanzable de la perfección, e incluso el objetivo difuso de “ser una buena madre” para alcanzar el reino de los cielos. Y también despeja el fantasma de que los errores o dificultades maternas la coloquen en el pasillo del infierno de “ser una mala madre”: la definición de Winnicott coloca a la mayoría de las madres en un lugar posible: la madre real con sus defectos y virtudes.

Y esto resulta tranquilizador no solo para las madres, sumidas sino en la culpa por sus problemas, sino también para todos, hijas o hijos, que podemos aspirar a alcanzar una relación “suficientemente satisfactoria” con nuestra madre a pesar de los conflictos que se hayan presentado a lo largo de la vida.

Esta relación pasa por diferentes etapas que suponen una constante recreación y renovación de sus pautas. Si algo tiene de especifico este vínculo es que dura para siempre, incluso en caso de ruptura, ya que la influencia de esta relación primordial en nuestra manera de ser y de estar con los demás perdura y se convierte en un estímulo o en un obstáculo para nuestro propio desarrollo. Es por ello que toda evolución en el sentido de alcanzar una relación “suficientemente satisfactoria” dentro de lo posible,  da como resultado también una mejoría en el conjunto de las relaciones.

Las etapas que se recorren van desde la dependencia absoluta del bebé  y el niño/a en la primera infancia, que hace sentir a la madre como un ser maravilloso y todopoderoso que todo lo provee; a la lucha por la independencia y  diferenciación que caracteriza a la adolescencia, período en el que la crítica y el conflicto la van derrumbando de su pedestal inicial. Se trata de una necesidad para el crecimiento, ya que la rebeldía y la crítica a lo que nos han enseñado forma parte del proceso de creación de una personalidad propia que, gracias a eso, no es una fotocopia de la de los padres.

En ese período y en la juventud, todos decidimos que “no queremos ser como ellos”, total o parcialmente. Descubrimos lo que no nos gusta de su manera de ser, de su modo de vida, de cómo nos trataron, de lo que no nos dieron, etc. Si la infancia es el período de la idealización, el apego sin crítica y el deseo de proximidad, la adolescencia es como el negativo de esa imagen: lo que atrae es el mundo fuera de casa, las nuevas experiencias, los nuevos intereses y la crítica al mundo materno.

Para las madres, por otro lado,  resulta imposible en la mayoría de los casos resistirse a la tentación de mirar a sus hijas como espejos de su propia vida. Ellas muestran las aspiraciones que tuvieron y no pudieron concretar, los proyectos inconclusos, los sueños mejor guardados, los éxitos y los fracasos de cada una. Y a la vez representan un modelo, basado en su crianza y educación que las hijas tienden a rechazar, por tratarse de un modelo de vida propio de otra generación y, por lo tanto, de condiciones de vida y aspiraciones de otro momento histórico y social.

Además de la rebeldía adolescente de las hijas, también las madres tienen en esa etapa sentimientos ambivalentes hacia la nueva mujercita emergente. Aunque en el cuento lo de “espejito, espejito, dime quien es la más bella” sea atribuido a la madrastra, en la realidad las madres viven, conciente o inconcientemente, la rivalidad que crea el florecimiento de su hija frente a su paso a la madurez.

Los valores sociales imperantes, que idealizan la belleza de la juventud y descalifican la imagen propia de otras edades, intensifican estos sentimientos maternos. Al tiempo que vive el cambio de su imagen en un sentido no deseable, su hija se convierte en mujer sexuada. La aparición de la sexualidad introduce un factor de tensión en la relación, ya que en las madres puede despertar rechazo, competencia, o como mínimo desconcierto ante este despertar.

Cuantos más problemas tenga la madre con su propia sexualidad, la aparición en escena de la sexualidad de la hija será fuente  de un aumento de sus conflictos internos que caen como una sombra sobre la interacción filial. El síndrome de la reina destronada tanto por el paso del tiempo y sus signos externos como por las críticas de la adolescencia, influyen en el comportamiento materno en las etapas posteriores a la infancia.

Por eso la relación madre – hija suele estar cargada de  conflictos, polarizada muchas veces con fuertes emociones de mucho amor y mucho odio. Gritos y peleas, acercamientos y alejamientos ponen a prueba una relación capaz de absorber y expulsar intensas cargas emocionales como una esponja ya que, por lo general, resiste y no se rompe. Y esa es su principal virtud si podemos verla y valorarla: su plasticidad.

Julia (25 años) tenía una excelente relación con su padre que le parecía comprensivo y justo. Con su madre la relación era más difícil: se sentía criticada constantemente por su forma de vestir, por “salir con cualquiera”, por volver tarde, etc. La madre decía que intentaba protegerla, pero más que eso Julia se sentía controlada y juzgada negativamente, lo que afectaba también a su autoestima. Por eso Julia mantenía las distancias aunque igualmente surgían las discusiones y acababan diciéndose muchas burradas. El padre actuaba como mediador y “compañero”, pero su muerte las dejó igualmente desconsoladas y enfrentadas.

Julia se debatía entre su deseo de acercarse a su madre para buscar y también dar consuelo y la dificultad de la falta de intimidad y confianza que reinaba entre ellas. Habituada a estar a la defensiva, a la pelea y la distancia con una madre que le parecía fría e intolerante, no encontraba la manera de aproximarse.

Uno de sus mayores temores era quedarse atada teniendo que acompañarla, segura como estaba que la madre sería incapaz de crearse una vida propia ya que, ama de casa tradicional, solo se había ocupado de su marido y de sus hijas. Y Julia tenía que buscarse la vida, aún en casa de los padres y con las dificultades de encontrar trabajo, casa y todo eso.

¿Cómo afrontar una situación así? De un modo general, y no solo para Julia, cambiar una forma de relación resulta difícil, cuando no se lo vive como imposible. Tenemos una imagen, una percepción del otro y respondemos de un modo automático. Esto hace que las situaciones se repitan ya que nuestras reacciones se repiten y es como una rueda que gira por su cuenta, como si hubiéramos perdido la clave que activa constantemente ese mecanismo.

Pero afortunadamente, en la vida se producen cambios, a veces bruscos, a veces por la simple continuidad de las etapas que atravesamos y gracias a esa evolución natural, cambian también nuestros puntos de vista y nuestras reacciones.

El acceso a la vida adulta, pasada la adolescencia, nos coloca ante nuestras madres desde otra perspectiva. Marcharse de casa de los padres, trabajar, tener nuevas responsabilidades al hacerse cargo de uno mismo, formar una pareja, tener hijos, etc; todas o algunas de estas cosas, nos van alejando de la posición de dependencia. Uno de los mayores elementos de tensión de la adolescencia y la juventud, que es el necesitar a aquel de quien has de diferenciarte, tiende a desaparecer. Al menos en lo material, ya no vamos a necesitar a los padres aunque sí seguimos necesitando, o más bien deseando, su apoyo, su comprensión y su referencia.

Como pasa siempre al cambiar el lugar desde el que se observa, vemos cosas diferentes y las que veíamos antes también las vemos de un modo diferente. Y cuanto mayor es la distancia, menor es la posibilidad de observar los detalles, pero ganamos en una visión más global. Por otro lado, simplemente cambiando nuestra altura se modifica nuestra observación. Si lo hacemos desde abajo (posición de dependencia), nuestra percepción es otra que si miramos desde la misma altura. Esto es lo que nos pasa a todos al crecer.

Y dentro de ese proceso, tener hijos es un hito que marca particularmente una diferencia en la relación con la madre. Al pasar de la condición de hija a la condición de madre, empezamos a reconocernos en las dificultades que el “ejercicio” de esta tarea nos plantea. Nos enfrentamos a nuestras propias limitaciones, a las dudas, a las exigencias, etc y desde ahí podemos volver nuestra mirada hacia nuestra madre con otra experiencia que nos acerca a sus dificultades.

El reconocimiento y la aceptación de no ser una madre perfecta o ideal no solo es una fuente de tranquilidad para la nueva madre, es también una posibilidad de comprender aspectos de la relación con nuestra madre desde una perspectiva diferente al reproche o la crítica que en algún momento se instaló en nuestro interior. Abre el camino hacia un encuentro de “madres reales”, imperfectas, que pueden plantearse la posibilidad de ser, como dijo Winnicott “suficientemente buenas”.

Pero también fue posible la rehabilitación de la figura de la madre para Julia antes de tener hijos ella misma. Su propia maduración y el advenimiento de la muerte del padre que cambió la situación de las dos dio lugar a una mejora de la comunicación. La madre pudo adaptarse a su nueva vida y encontrar actividades, amistades y centros de interés fuera de casa. La hija se dio cuenta que no había ataduras que le impidieran hacer su vida y empezó a comprender la dinámica familiar que había polarizado al padre en la figura del “bueno” y a la madre como la mala de la película.

Este camino es posible y deseable para todos ya que si podemos renunciar a la madre ideal que no tuvimos, hallamos una madre real, una madre “suficientemente buena” que, desde las que sean sus limitaciones y fallos, seguramente está ahí, para lo que puede y lo que no puede darnos. La comprensión y el entendimiento del pasado desde los ojos de la madurez, la posibilidad de ver a la madre en su contexto personal y social son las claves para estabilizar la relación y cerrar nuestra batalla interior.

El fin de esa batalla da lugar a la creación de un nuevo espacio de encuentro, encuentro en la tercera fase de la vida después de la niñez y la adolescencia, donde es posible construir un vínculo “suficientemente bueno”, cimentado, una vez abandonada la exigencia, en la tolerancia mutua de madre e hija de sus frustraciones y la valoración de sus logros.

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