Análisis Bioenergético

EL ANÁLISIS BIOENERGÉTICO EN EL PUNTO DE ENCUENTRO: EMOCIÓN, PALABRA Y RELACIÓN

EDITH LIBERMAN Paris, 2008

Taller presentado en el Congreso Internacional de Psicoterapia Corporal “Cuerpo y Conciencia” European Association for Body – Psychotherapy (EABP).

Abstract: El análisis bioenergético trabaja en el punto de encuentro de tres vectores: la emoción, la palabra y la relación. El objetivo del taller es presentar una secuencia de trabajo de análisis bioenergético para identificar los patrones que modelan tanto la gestión emocional y las representaciones asociadas, como la acción interpersonal.

El objetivo de este taller es abordar brevemente las implicaciones teóricas, clínicas y técnicas que ha supuesto para el Análisis Bioenergético la integración de la dimensión relacional en nuestro modelo terapéutico.

No ha sido esta la única integración, ya que nuestra evolución es el resultado de la confluencia de conocimientos provenientes de muchas fuentes: la investigación sobre la infancia, la teoría del apego y las investigaciones de las neurociencias.

La integración conceptual es un camino obligado para toda psicoterapia, dada la evidencia de que no es posible entender cómo funciona un ser humano estudiando el aspecto psicológico y el somático por separado, sin tener en cuenta su constante interacción. Y en esta perspectiva metodológica, el Análisis Bioenergético y las psicoterapias corporales en general jugamos con ventaja. Porque nuestra especificidad es el trabajo en las intersecciones, en los puntos de encuentro entre lo que sentimos, lo que pensamos y lo que hacemos.

Pertenecemos a los movimientos de integración porque operamos en  en las conexiones e interacciones entre lo biológico y lo psicológico, entre mente y cuerpo, entre emoción y representación, entre el sujeto y su entorno. Y trabajamos con los procesos de intercambio que modifican mutuamente a las partes, que han sido siempre el centro de nuestra práctica terapéutica. Pero no pretendo navegar en el mar de conocimientos integrados y por integrar. En este taller sólo me voy a referir a la dimensión relacional de la psicoterapia, centrada en la Teoría del Apego creada por John Bowlby (1969), con el objeto de mostrar de qué manera trabajamos desde el vínculo en nuestro modelo terapéutico como elemento activador del cambio.

Bowlby indica que existe una necesidad básica de los seres humanos de vincularse afectivamente con otros. En la infancia, esos vínculos deben asegurar la supervivencia real, dada nuestra dependencia absoluta al nacer, pero además, los vínculos de apego son necesarios para mantener el sentimiento de seguridad emocional durante el resto de la vida.

¿Pero cual es el motivo por el que esta necesidad de figuras de apego para la seguridad emocional perdura después de la infancia?

  • En los vínculos es donde construimos nuestra identidad y ésta no puede construirse sin vínculos.
  • La teoría demuestra que el vínculo es el espacio de regulación de los afectos.
  • En los vínculos primeros se han generado patrones de regulación de los afectos dentro del espacio relacional y así es como seguimos funcionando.

Por ello tendemos a continuar creando relaciones a lo largo de la vida que nos provean de seguridad emocional (como por ejemplo la pareja) y en situaciones de stress volvemos a buscar apoyo en esas figuras de apego. Lo hacemos siguiendo esos patrones, en función del modo en que cada uno siente y expresa sus necesidades afectivas y del modo en que actúa para mantener el equilibrio emocional y la seguridad.

Esta comprensión del vínculo como espacio de regulación emocional tiene un gran impacto en las psicoterapias corporales, cuya especificidad es el trabajo con las emociones. Y esto nos lleva a tener que desarrollar la capacidad del terapeuta para facilitar una conexión significativa con los pacientes que promueva pautas relacionales más seguras cuando los vínculos de apego en el entorno familiar no lo han sido, con el fin de generar mecanismos más adecuados de regulación de los afectos. O sea, modelos de relación más satisfactorios y mejores estrategias de afrontamiento de la vida y de regulación del stress.

En resumen, nuestra comprensión actual es que el proceso de la vida, así como el proceso de cambio en la terapia, opera en la intersección entre dos vectores que se influencian mutuamente: el vector intrapersonal (interacción mente-cuerpo) y el vector interpersonal (relación con los otros). En su formato inicial, el Análisis Bioenergético se centraba en el primero de ellos, el funcionamiento intrapersonal y no tomaba en cuenta con bastante atención al otro vector. Veamos un momento cada uno de ellos. El vector intrapersonal: interacción mente –cuerpo En su primera fase, Alexander Lowen desarrolló un modelo de la interacción “mente cuerpo” que ponía en evidencia que la vida emocional estaba asentada en el cuerpo, expresada por él y también gestionada a través del funcionamiento corporal. Describió las funciones somáticas que intervienen en la gestión emocional, a saber: la respiración, la organización del aparato locomotor que da forma a la postura, las pautas individuales de movimiento, e incluso la enfermedad, que cumplen funciones de carga y descarga energética para la regulación de las intensidades emocionales. Esta teoría psicosomática del funcionamiento del aparato psíquico era hija, básicamente, del psicoanálisis y en particular de la teoría de W ilhem Reich sobre la dinámica del carácter expresada en la coraza muscular.

La coraza muscular, descrita por Reich, constituía una estructura destinada a absorber, contener y regular los impulsos agresivos y sexuales que no podían ser descargados directamente. La tensión de la coraza era mantenida por la energía de los impulsos que estaba destinada a contener, pero se convertía, a su vez, en un obstáculo para la sublimación o la descarga, por lo que se hacia disfuncional para la vida. La defensa, que contenía a la vezla historia del conflicto que llevó a su constitución y el mecanismo para evitarlo, lo hacía consumiendo la energía interna y reduciendo la vitalidad del sujeto. Las tensiones musculares crónicas revelaban así su función defensiva, y el conjunto de estas tensiones, convertido en una estructura que adoptaba una forma específica, permitía definir varias tipologías caracteriales según ! su origen y su forma de organización en las distintas etapas evolutivas de la infancia y ! su expresión actual en el adulto como un patrón habitual de funcionamiento interno y de relación con los otros. Las estructuras defensivas configuran, entonces un patrón de funcionamiento diferencial. Fueron descritas y denominadas por Alexander Lowen como los caracteres esquizoide, oral, masoquista, psicopático y rígido, a los cuales añadió, posteriormente las organizaciones narcisistas, en función de las soluciones encontradas por el niño para resolver los conflictos entre sus impulsos y las respuestas o reacciones del entorno familiar en la evolución de su desarrollo en los caracteres neuróticos o los déficits en el desarrollo del sí mismo en las organizaciones narcisistas y border line. Dado su carácter de correlato corporal de los mecanismos de defensa descritos por Freud y otros psicoanalistas posteriores que incluyeron la comprensión del self, este modelo holístico cumplía dos funciones: a) resolvía el problema dejado explícitamente abierto por Freud acerca del famoso factor cuantitativo del funcionamiento del aparato psíquico: o sea, el destino de la energía de los impulsos una vezque el bebé va aprendiendo, en su maduración, a postergar o evitar su descarga automática. Este modelo explica qué hacemos con la excitación tanto desde el punto de vista cuantitativo, (por ejemplo deprimiendo o estimulando la respiración, utilizando actividades de descarga como el movimiento o la sexualidad), como desde el punto de vista dinámico, (la estructuración del aparato locomotor a través de tensiones crónicas que cumplen funciones de acorazamiento, determinando una postura en y frente a la realidad). Por todo ello, este modelo de regulación emocional creaba la base para b) la incorporación del cuerpo en el setting terapéutico como vía de acceso más eficiente a los afectos asociados o más bien disociados de su origen y de la palabra que les da sentido;o reprimidos o dispuestos al acting out, etc.

Este modelo describe, por lo tanto, el concepto básico del Análisis Bioenergético: la identidad funcional psicosomática que permite comprender las conexiones entre cuerpo y mente. Dado que las experiencias humanas no ocurren solo a nivel mental o psíquico sino también en el cuerpo, cada uno de estos patrones influencia la autopercepción, la autoestima, la imagen de uno mismo y constituye un patrón básico de relación con el entorno. Pero aunque en sus orígenes teóricos reichianos, el Análisis Bioenergético tenía muy presente la importancia fundamental del mundo externo en la etiología del carácter, la dimensión relacional del trabajo terapéutico no fue suficientemente atendida durante muchos años. Centrada fundamentalmente en el trabajo intrapersonal, la mirada del terapeuta se dirigía sobre todo a establecer las conexiones entre el funcionamiento psíquico y el corporal, a analizar su relación con los patrones creados en las relaciones primarias con el entorno familiar pero sin profundizar en la dimensión interactiva de la relación terapéutica como agente actual respecto a la expresión en el aquí y ahora de dichos patrones y como agente de cambio central del proceso terapéutico. Compartía esta situación con la mayoría de las psicoterapias corporales en su momento, que promovían la expresión emocional, la catarsis y la actuación sobre el aparato motor y el análisis de las asociaciones entre emoción y representación como elementos centrales para el cambio psicosomático. Pero el surgimiento y desarrollo de las investigaciones sobre la infancia, sobre el vínculo y las investigaciones de las neurociencias llevaron a que miembros relevantes de nuestra escuela señalaran la necesidad de incluir e integrar estos conocimientos en nuestra teoría y nuestra práctica para trabajar no solo en la intersección cuerpo –mente, sino también en la intersección entre el sujeto y el entorno significativo, o sea, en el vector interpersonal. El vector interpersonal: la interacción como motor del cambio terapéutico:

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